"El país requiere construir un horizonte de esperanza sobre la base de lo que realmente somos y de lo que podemos lograr"

Ricardo Cubas Ramacciotti
Profesor investigador de Historia de América Latina en la Universidad de los Andes, Chile.PhD en Historia y MPhil en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Cambridge Licenciado en Historia por la Pontificia Universidad Católica del Perú.

CLASE MAGISTRAL

1. ¿Por qué es importante el aporte de la historia en la formación de la sociedad?

 

Para responder, les pregunto: ¿cómo se sentirían si sufrieran de repente un ataque de amnesia y no recordaran nada de su vida pasada? Probablemente desorientados, asustados, incapaces de entenderse, susceptible a ser manipulados, entre otras cosas.  Así como para cada uno de nosotros resulta necesario recordar nuestra propia historia personal para conocernos, para entender nuestro sitio en el mundo y para desarrollarnos con consistencia, la historia es un medio indispensable (aunque no el único) para conocernos como sociedad, como una comunidad nacional y global, para entender los orígenes y devenir de la cultura en la que nos hemos formado, para entender mejor nuestra identidad, raíces, problemas y oportunidades. La historia contribuye a responder algunas de las preguntas fundamentales que nos hacemos todos los seres humanos: ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿por qué soy como soy? ¿hacia dónde voy? ¿cuál es el origen de mis problemas? 

 

La historia es una de las disciplinas que nos permite mantener viva la memoria colectiva de la humanidad en general y de los pueblos en particular, es fuente de identidad, de conservación y recreación de la tradición. Tradición viene del latín “traditio” que significa “entrega”, implica la transmisión de una experiencia viva, de costumbres, conocimientos, valores, técnicas, enseñanzas. En este sentido, por la historia recibimos la experiencia entregada por los que nos precedieron. Como bien decía Cicerón, la historia es la “vida de la memoria” y que "ser ignorante de lo que ocurrió antes de nacer es seguir siendo siempre un niño. Pues ¿qué valor tiene la vida humana, si no está tejida en la vida de nuestros antepasados por los registros de la historia?"

 

Otra dimensión de la historia, muy presente en los clásicos, es su carácter pedagógico. Por ejemplo, volviendo a Cicerón, este señalaba que “La historia es maestra de la vida”.  Maestra de la vida porque nos permite conocer las consecuencias de las acciones humanas del pasado y nos ayuda a comprender los procesos sociales y culturales que han forjado a los pueblos. 

 

En esa línea, la historia nos hace tomar conciencia de la naturaleza social del ser humano. Somos seres formados y condicionados por los legados y taras que hemos recibido. No podemos entender adecuadamente nuestra realidad desde una perspectiva individualista que tenga como único punto de referencia al “yo”. Nuestra libertad es real pero limitada y se encuentra situada en un contexto temporal, cultural, social, biológico y geográfico a partir del cual podemos optar y recrear nuestra vida y nuestro entorno sobre la base de lo que somos y lo que hemos recibido. Es así que la historia nos permite conocer mejor los límites y alcances de nuestra libertad situada. 

 

También podemos recordar las muy citadas frases de algunos intelectuales del siglo XX, como George Orwell, “El que controla su pasado, controla su futuro” o de George Santayana: “Aquellos que no aprenden de la historia, están condenados a repetirla”. Así, la historia también puede ayudarnos a desarrollar un sentido crítico frente a los intentos de manipulación ideológica y política. Por lo menos, esto es lo que puede darnos una historia realizada de manera rigurosa y honesta. En esta línea, me parece oportuno citar las palabras del historiador Peter Brown (en una reciente entrevista que leí en el periódico español “El País” -8 de mayo 2021-) quien nos recordaba los peligros de una historia tergiversada deliberadamente: “peor que olvidar la historia es retorcerla para avivar el resentimiento”. 

 

2. ¿Cuáles son los hitos de este bicentenario que nuestras escuelas deberían inculcar y reforzar en los alumnos? 

 

Como reflexión preliminar, habría que recordar que el Perú, como realidad social, no nace hace doscientos años, sino que su origen y formación se remonta muy atrás en el tiempo. En ese sentido, tenemos que considerar algunos importantes hitos y criterios a la hora de estudiar el devenir histórico de nuestro país. 

 

En primer lugar, el largo periodo histórico del mundo andino desde la aparición de los primeros pobladores hasta el fin del Tahuantinsuyo. El estudio de lo que podemos llamar el “Perú Antiguo” es esencial para entender una matriz fundamental y milenaria del país. Ella abarca desde los primeros pobladores de nuestro actual territorio hasta los Incas. Pueblos que, a pesar de su aislamiento respecto al resto de los centros originarios de civilización en el mundo, lograron desarrollar complejos niveles de organización político-social y religiosa, un dominio impresionante de la geografía, notables avances técnicos que forjaron un área cultural original y extensa en los Andes.

 

En segundo lugar, el estudio de la conquista y el virreinato. Tomando las ideas de Víctor Andrés Belaunde, podemos afirmar que el Perú de hoy es una “síntesis viviente” que surgió en el siglo XVI como fruto del dramático encuentro entre los pueblos y culturas indígenas de los Andes dominados por los Incas y el mundo español, el cual era portador de una milenaria tradición europea y que también trajo consigo, en condición de esclavos, a los africanos. Durante la fase de los Habsburgo se formó el Perú barroco, mestizo, católico postridentino. Durante las Reformas Borbónicas se introdujo la cultura ilustrada y cambios importantes en la estructura económica, administrativa y política. Algunos de estos cambios generarían importantes tensiones y conflictos, como la rebelión de Túpac Amaru. 

 

Una tercera etapa es la republicana, en la que podemos distinguir varios momentos: el proceso independentista (1808-1824), los veinte primeros años de desorden institucional (hasta mediados de la década de 1840), la consolidación republicana marcada por la economía del guano (desde fines de la década de 1840 hasta 1879), la Guerra del Pacífico (1879-1884), la “Reconstrucción Nacional” o “Segundo Militarismo” (1884-1895), la “República Aristocrática” (1895-1919), el “Oncenio” (1919-1930), el periodo de péndulo entre democracias frágiles y dictaduras (1930-1968), el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (1968-1980), la difícil década de 1980, el régimen de Alberto Fujimori (1990-2000) y los gobiernos desde el año 2000 hasta el actual. Probablemente la pandemia y el siguiente gobierno marcarán un nuevo hito. 

 

3. Tomando de base nuestra historia ¿qué puntos importantes se deberían afianzar para enrumbar hacia una educación del bicentenario?

 

Perú es una síntesis viviente fruto de la confluencia de culturas. Existe una conciencia de ser peruano que tiene como elementos la historia, la geografía, las tradiciones locales y familiares, la cultura, las instituciones, la religión, los idiomas. Hay muchas maneras de ser peruano y esta diversidad es una riqueza, aunque también sea fuente de conflictos, división y discriminación. Es decir, no somos un nación monolítica, homogénea, pétrea, estática, sin fracturas. Pero tampoco somo un pueblo amorfo, sin identidad, sin tradiciones, sin una historia común, sin vínculos ni espacios de comunicación. Por ello, podemos descubrirnos, con nuestra pluralidad de legados, como parte de una comunidad patria que es dinámica en el tiempo. Algunos peruanos tienen sus raíces en el territorio desde hace siglos, otros se han incorporado recientemente. 

 

Pero hay elementos concretos que han forjado nuestra cultura: la herencia indígena junto con la española han sido las matrices, a las cuáles se incorporó desde el siglo XVI la africana y luego se han ido sumando los legados asiáticos, europeos y de otras tradiciones. El idioma español es un aspecto central de la cultura peruana que nos une al resto de América Latina y a la península ibérica (el portugués es un idioma muy afín al nuestro). También son centrales, aunque más focalizadas regionalmente, las distintas variedades del quechua, el aimara y otras lenguas nativas, principalmente las amazónicas, que son parte del acervo cultural de muchos pueblos peruanos y que han confluido más intensamente en Lima y otras ciudades que atrajeron a migrantes de diversas partes del país desde mediados del siglo pasado. 

 

El catolicismo fue y sigue siendo un elemento medular en la formación y la identidad del Perú. Pero hoy convive con otros credos religiosos, mayoritariamente cristianos, y con corrientes seculares que también han tenido un impacto importante en la cultura nacional.

 

La tradición republicana está presente desde hace doscientos años en nuestro país. A pesar de la inestabilidad, las numerosas crisis, incoherencias y quiebres, hemos mantenido una “constitución histórica” que aún apela al anhelo de construir instituciones que expandan el ejercicio de los derechos ciudadanos y su representación, que protejan la dignidad humana y la libertad, que pongan límite al ejercicio del poder político y respeten la separación de los poderes del Estado, que promuevan la pacífica convivencia y la asistencia a los más vulnerables, que defiendan la unidad territorial, los intereses nacionales y la seguridad interna, que faciliten las condiciones para un crecimiento económico en un marco de respeto a la propiedad, pero también, de protección a los derechos laborales y de administración de los recursos y los impuestos en favor de la comunidad en su conjunto y de una mayor equidad social, que valoren y reconozcan nuestras tradiciones culturales y religiosas. Viendo nuestra historia, resulta evidente que no se han logrado estos anhelos, pero sí han sido parte de los ideales por los que han luchado los peruanos, lo que Basadre llamaba la promesa de la vida peruana, una promesa que aún requiere ser cumplida. 

 

Es necesario recordar e inculcar estos aspectos. Por supuesto, como señalan algunos autores, es vital también estudiar las graves taras, conflictos y problemas históricos que hemos cargado como país: la corrupción, la cultura de explotación, el racismo, los vicios de nuestras elites y del pueblo, la violencia, la indiferencia, el recelo mutuo, etc. Pero creo que debemos superar una tradición narrativa derrotista, victimista, radicalmente negativa, maniquea, moralista-farisea o instrumentalizada ideológicamente con fines políticos. Es cierto que los problemas del país han sido gravísimos y que cargamos con elementos oscuros. Es cierto también que no debemos ofrecer en contraposición una historia “encubridora” de nuestros vicios. Pero creo que, si nos quedamos en esa aproximación, solo nos quedan dos salidas: Dejar de optar por el Perú o proponer un camino revolucionario que arrase con el pasado para instaurar un orden nuevo haciendo tabula raza de todo lo que consideramos “impuro”. Ambas alternativas las considero funestas. El país requiere construir un horizonte de esperanza sobre la base de lo que realmente somos y de lo que podemos lograr. 

 

4. Desde su conocimiento como historiador, ¿qué personajes de nuestra historia destacaría como ejemplo de esfuerzo por construir un Perú más unido?

 

Son muchos y podría ser injusto al mencionar a un grupo reducido, pero me arriesgaré a destacar a algunos. 

Uno es el Inca Garcilaso de la Vega, quien en su obra asume y rescata el legado de sus ancestros incas y españoles. También se pueden destacar figuras como santo Toribio de Mogrovejo, San Martín de Porres, Santa Rosa de Lima y los jesuitas José de Acosta y Antonio Ruiz de Montoya. Hipólito Unanue y los colaboradores de “El Mercurio Peruano”, José de San Martín, Francisco Javier de Luna Pizarro, José Gálvez, Bartolomé Herrera, Juana Alarco de Dammert, Ricardo Palma, Miguel Grau y Francisco Bolognesi, Antonio Raimondi, Víctor Andrés Belaunde, José Santos Chocano, Martín Chambi, Ella Dumbar Temple, Chabuca Granda, María Reiche y tantos otros. 

También es importante rescatar la memoria de tantos peruanos desconocidos, hombres y mujeres, de todas las razas, clases y oficios, nacidos en el Perú y en el extranjero, que con su labor y su vida hicieron del Perú su pasión y contribuyeron a la construcción del país. Quiero destacar en este último punto, a los muchos inmigrantes que se afincaron en nuestro territorio, que hicieron de él su patria y que contribuyeron con su vida y trabajo al bien común. Hay un chovinismo recurrente (que lo hemos visto en las proclamas de más de un candidato en la primera vuelta de las últimas elecciones presidenciales) que no valora este aporte fundamental. En esa línea, en las circunstancias actuales, es importante valorar a estos hermanos latinoamericanos, principalmente venezolanos, que han llegado a nuestro territorio en situaciones extremas huyendo de una terrible crisis humanitaria y ofrecerles la oportunidad de construir un proyecto de vida amable y que le permita incorporarse y contribuir al bien del Perú. 

 

5. ¿De qué manera aporta la Iglesia católica a lo largo de la historia en nuestro país? 

 

Tengo una visión distinta a la de aquellos que entienden a la Iglesia Católica, y a la religión en general, como una institución más de la sociedad civil. En realidad, la religión (o la actitud vital ante lo trascendente) es una piedra angular en la construcción de toda cultura, pues supone una cosmovisión, un sentido de la existencia, un eje articulador de las comunidades. Es por ello que mi evaluación del papel de la Iglesia en el Perú no se limita a enumerar sus obras sociales o de caridad o a denunciar los muchos o pocos abusos de sus miembros. 

 

Siguiendo las ideas de Christopher Dawson y las de Víctor Andrés Belaunde, considero que, así como el cristianismo fue un elemento articulador fundamental para el surgimiento de esa realidad sociológica que hoy conocemos como Europa, el catolicismo también lo fue en los casos del Perú y de América Latina. Fue esencial para la formación de una “síntesis viviente” entre lo occidental, lo indígena y lo africano. 

 

Resulta evidente que no me estoy refiriendo a procesos fáciles, sin manchas, ni conflictos y contradicciones. El catolicismo barroco postridentino que llegó al Perú justificó la conquista, pero también se convirtió en la conciencia moral de la Corona. El papel profético de defensa de los derechos indígenas que cumplió Bartolomé de las Casas en la historia de América no fue aislado. Tampoco se limitó a ser un debate teológico intrascendente, sino que se plasmó en una amplia legislación, instituciones y prácticas. 

 

Asimismo, la labor evangelizadora supuso un estudio de los idiomas, tradiciones, historias y culturas nativas con el fin de inculturar el cristianismo, tratando de conservar todo aquello que no era visto como contrario a los principios cristianos. Es cierto que fue casi inevitable que los portadores del mensaje; es decir, los misioneros, no impusieran sus propios sesgos culturales. Sin embargo, el indígena y el africano recrearon su identidad con estos nuevos elementos y se hicieron cristianos, muchas veces con rasgos sincréticos -como pasa en casi todas las culturas cristianas-, pero cristianos. Y eso se puede ver en la gran diversidad de tradiciones y devociones en todo el país. 

 

Hoy vivimos en una sociedad más secularizada y con una diversidad religiosa más extendida. Sin embargo, el catolicismo sigue siendo un referente medular en la cultura patria que se manifiesta en la identidad de los pueblos que forman al país, en sus numerosas obras educativas, pastorales, sociales y en la defensa de la dignidad humana sobre la base de una visión trascendente de la realidad.